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Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, amaos unos a otros entrañablemente, de corazónpuro" 1 Pedro 1.22 Había dos hermanas solteras que, a causa de una seria pelea, dejaron de hablarse una con la otra. Decididas a no dejar la pequeña casa donde moraban, continuaron viviendo bajo el mismo techo y dormir en el mismo cuarto. Una línea de tiza dividía el cuarto donde dormían en dos mitades. La línea despegaba de tal manera que las dos pudieron salir y entrar y tener sus comidas sin contravenir el espacio de la otra. En la obscuridad de la noche, cada una podía oír la respiración y el ronquido de la enemiga. Por muchos años las dos coexistieron en completo silencio. Ninguna de las dos estaba dispuesta a tomar el primer paso para la reconciliación. En una determinada noche, una de las hermanas se levantó para ir al baño sufriendo una caída, quebrando la cadera. La otra, despertada por el barullo y por el grito de dolor, se levantó apresuradamente de su cama y, sobrepasando la division hecha por la tiza, corrió en dirección a la hermana. Allí, en el suelo, agarrando a la enemiga sosteniéndola, aguardó la llegada de los médicos y fue con ella hasta el hospital. En aquellos momentos de angustia y aflicción, la verdad y el poder del amor prevalecieron. Cuántos de nosotros tenemos experiencias semejantes. Parientes, grandes amigos, colegas de trabajo o estudio, personas que nos eran muy queridas y que, por un momento infeliz, se transformaron en enemigos. Una relación que se acabó, un contacto que se deterioró, alguien que amábamos y hoy hasta odiamos. Pero no es eso lo que Dios anhela que suceda. Y, por cierto, no es eso tampoco lo que nosotros anhelamos. ¿Pero qué hacer? El orgullo no permite que tomemos la iniciativa de acabar con aquel resentimiento. Creemos que la otra persona debe venir a pedir perdón y, asimismo, la otra espera que nosotros lo hagamos. Y, mientras esta indecisión espiritual persistir, nosotros sufriremos, la persona en cuestión sufrirá, Dios estará triste y el demonio cantará y bailará de alegría. ¡Rompamos la línea de tiza! No permitamos que el nombre de Jesús sea avergonzado. Practiquemos el amor del Señor y glorifiquemos su nombre. La dicha nos revestirá y habrá grande fiesta en el Cielo. |
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