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Jhonfrincon 31M
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11/10/2007 9:43 am

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5/14/2008 9:45 am

REFLEXION DEL DIA

TRANSCENDENCIA

Del santo Evangelio, según san Mateo (Mt 25,31-46)

«Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria y se reunirán ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa a las ovejas de las cabras. Pondrá a las ovejas a su derecha y, a las cabras, a su izquierda. Entonces dirá el Rey a los de su derecha:

–Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era forastero y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme.

Entonces los justos le responderán:

–Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?

Y el Rey les dirá:

–Os lo aseguro: siempre que lo hicisteis a uno de esos hermanos míos más humildes, a mí me lo hicisteis».

Y dirá también a los de su izquierda:

–Apartaos de mí, malditos; id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; era forastero, y no me acogisteis; estaba desnudo, y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis.

Y dirán también éstos:

–Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o desnudo o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?

Y él les responderá:

– Os lo aseguro: siempre que dejasteis de hacerlo a uno de esos hermanos míos más humildes, dejasteis de hacerlo conmigo ».

El Cristianismo no es un humanismo, sino el proyecto de una sociedad nueva con esperanza transcendente.

Hemos perdido (afortunadamente) el temor de Dios. Hablando en cristiano, hay que fundar nuestros actos en el amor –«ama y haz lo que quieras», decía san Agustín–; hablando en pagano, en la conciencia y el sentido de responsabilidad. En cualquier caso, hay que ir a la conquista de los valores, actitudes y costumbres que hacen el bien.

Hay que enseñar y aprender a hacer no lo que se quiere, sino lo que se debe, pues eso es, exactamente, lo que significa ser libres, dueños de sí mismo. Libertad cristiana es la libertad de hacer lo que a los demás alegra y hace felices. La libertad de hacer lo que a los demás molesta con razón –se ha descubierto el gen que vincula a los moteros ruidosos con la madre que los parió (Forges)– es el llamado libertinaje.

1. No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti.

2. Si, además de ser libre, eres comprensivo, mirarás a los demás no con tus ojos, sino con los de ellos, para adaptar tus actos no a tus gustos, sino a los del otro. ¡Esto sí que es cristiano!

3. La voluntad se educa mediante la disciplina y el sacrificio, que nos disponen a la adquisición de los hábitos y las formas que, finalmente, modelarán nuestra personalidad.

Esta educación ("sacar de dentro") no es nada fácil. Para quien, por sus creencias, la integre en la esfera religiosa –hablo de transcendencia, no de beatería–, ha de resultar más fácil, pues, al fin y al cabo, el sentido que demos a la vida es la que acabará orientando nuestro comportamiento. Una educación sin una referencia al sentido transcendente de la vida es empobrecedora.

Rascayú,

cuando mueras, ¿qué harás tú?

Tú serás

un cadáver, nada más.

Me refiero a la educación transcendente, no a la asignatura de Religión en la escuela. Yo sé de una japonesa que sacaba un 10 en Religión y no creía en Dios.

Yo soy un hombre de fe cristiana y tengo a Cristo como referente transcendental de mis actos. Esta referencia reviste dos aspectos: uno, cristiano; otro, laico.

Me explicaré. En el fragmento evangélico que encabeza este artículo (Mt 25,31-46), se lee la parábola de los agnósticos, en la que Jesús afirma, más o menos: "Aunque no sea yo el referente principal (porque no me conozcáis o apreciéis), todo el bien que hacéis a los demás, yo lo considero como hecho a mí; el bien que negáis a los demás también lo considero como negado a mi".

El destinatario directo de la buena acción es mi prójimo. El destinatario indirecto es Cristo. Esta es la transcendencia, explícita para unos (creyentes), implícita para otros (no creyentes). Hay quien, a estos últimos, los llama "cristianos anónimos". No hay por qué; los creyentes y los no creyentes hemos de sentirnos iguales en la diversidad y es necesario que respetemos esta diferencia. Los incrédulos no son fruto del maligno o del pecado ni son cristianos anónimos. Antes de ver a "cristianos anónimos", deberíamos plantearnos el interrogante que la diversidad plantea: ¿por qué estos incrédulos no han encontrado Cristo?

Me parece, desde luego, que la transcendencia explícita ayuda a la educación. En cualquier caso, esto es una cuestión a debatir.

La interpretación tradicional, en los ambientes católicos, es que la entrega a una hermosa tarea se realiza por amor de Dios y, apurando un poco más, en beneficio de la propia salvación.

Con frecuencia, las anécdotas que se cuentan de los santos y, en general, de las personas célebres, son apócrifas. Obedecen a la buena intención de aquellos que quieren enaltecer la personalidad de la persona biografiada. Por ejemplo, se cuenta de varias santas religiosas cuidadoras de enfermos, incluida la madre Teresa de Calcuta, que, efectuando con cariño la curación de un enfermo leproso maloliente y de aspecto repugnante, el enfermo dijo:

–Yo no haría por todo el oro del mundo lo que está haciendo usted por mí.

Y dicen que respondió la monja:

–Yo, tampoco.

También es apócrifa esta otra versión del mismo caso, pero con desenlace distinto: la religiosa está curando al enfermo con suma delicadeza. El enfermo le replica:

–¿Cómo puede usted poner el interés que pone en mi curación, si yo soy un desconocido para usted?

La monja responde:

–No lo hago por usted, lo hago por Dios.

Y el enfermo protesta:

–Pues, si lo hace usted por Dios y no por mí, que se lo agradezca Dios.

Cuando la persona que recibe la buena acción es, a la vez, complemento directo, indirecto y circunstancial (a ti, para ti y por ti), la acción es plenamente cristiana, acción solidaria, sacrificada, desinteresada. No es enteramente cristiana (y hasta puede ser anticristiana, por egoísta) cuando alguno de los elementos de la proposición es extraño al "tú", p. e. a ti, "por Dios", "para mi salvación"…; aquí hay una inversión interesada.

Yo, como hombre de fe, afirmo: el vacío de Dios en la educación, no puede ser llenado con nada y supone una limitación. Es cierto que, cuando el cristianismo se confunde con la religión narcotizante y oscurantista ("opio de los pueblos" la denominó Marx), se suspire por una educación laica. Pero nadie ha podido demostrar que la educación laica sea más conveniente que la educación cristiana ni que prepare mejor para el ejercicio de la ciudadanía. Por el contrario, el cristianismo, aunque de suyo no sea un humanismo, de tal manera está imbuido por él, que ayuda al hombre a ser más hombre y mejor ciudadano.

Pero esto pertenece decirlo a la voz profética del cristiano bien vocacionado, no a la simple profesión del magisterio, sea éste laico, sea eclesiástico. Esta el la misión del cristianismo, "Pueblo de Dios" sacerdotal y profético, para convencer al mundo de que Cristo tiene razón.

En el Antiguo Testamento había dos funciones –la sacerdotal y la profética– que eran ejercidas por distintas personas. El sacerdote era solamente el "hombre del culto"; mientras que la predicación del mensaje de Dios estaba confiada al profeta. Pero, en el Nuevo Testamento, ambas funciones han sido unificadas y son ejercidas por la misma persona y por la misma institución. El sacerdocio del Nuevo Testamento pertenece a toda la Iglesia, congregación de todos los fieles cristianos en virtud del bautismo (si bien el Concilio distingue un sacerdocio común o de los fieles y un sacerdocio ministerial).

En cualquier caso, la Iglesia es un pueblo sacerdotal y profético. Desgraciadamente, lo sacerdotal ha suplantado a lo profético y la Iglesia ha aparecido, fundamentalmente, no como un signo de amor y de fe, sino como un signo de magnificencia pomposa. La entrega al culto con olvido de lo profético ha enrarecido la postura de la Iglesia frente al mundo y, hoy, sufre las consecuencias.

El seguimiento de Cristo a su llamada a la felicidad es lo único que puede llenar las aspiraciones de fraternidad universal, amor, perdón y demás rasgos del humanismo cristianizado; lo que mejor puede ayudarnos a salir de la crisis de deshumanización que padecemos.

Hablando en cristiano profético, esto no puede enseñarse como asignatura, sino como "luz del mundo" (Mt 5,14), en la familia, en la Iglesia y en la escuela, tanto pública como privada.

La sociedad de mañana dependerá de la educación de hoy.

Derechos de Autor: JOSE NAVARRO CHAPARRO


Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, (Juan 3:16)